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GNOSIS, GNOSTICISMO,GNÓSTICOS.

José Castro Crespo.

 

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‘Gnosis’ (γνώσης) es una palabra griega que significa ‘Conocimiento’, pero no se trata de un conocimiento cualquiera, no es el tipo de conocimiento que se adquiere a través del estudio de alguna materia utilizando la capacidad intelectiva y el razonamiento. Uno podría memorizar todos los textos escritos sobre la Gnosis y no obtener el tipo de Conocimiento al que se alude con el término ‘Gnosis’.

Gnosis ejemplifica un Conocimiento cuya naturaleza es completamente interna e individual, y por lo tanto subjetiva y plena de sentido y significado. Es el Conocimiento que se desprende cuando el que conoce y lo conocido se hacen uno, por lo que dicho Conocimiento es sinónimo de “ser”.

Más que una doctrina, la Gnosis es una forma de encarar la vida, que se puede considerar como la vía, el camino, o sendero de la reintegración del hombre, del que el proceso de Individuación de Jung es un fiel reflejo.

Por su propia idiosincrasia, esta fenomenología del Conocimiento al que nos referimos con la palabra ‘Gnosis’ justifica la imposibilidad de que pueda haber un cuerpo doctrinal o un esquema prefijado que delinee con cierta precisión lo que la Gnosis revela, siendo el símbolo, lo simbólico y la alegoría los únicos medios por los que alguien puede revelar el resultado de su experiencia gnóstica, o de un episodio o acto de Gnosis.

Dado que es una experiencia individual, su expresión será variada, tanto como individuos la experimenten, aunque aparecerán preñadas de una misteriosa concordancia de fondo por la que cada gnóstico percibirá y reconocerá la impronta gnóstica de la experiencia de otro cuando éste trata de comunicarla. Esto nunca podrá ser reflejado a través de la literalidad. Por esta razón lo simbólico cobra una importancia de primer orden para su abordaje.

El Gnosticismo es un término muy mal comprendido por la mayoría de la gente. Por lo general se le relaciona con determinados movimientos y agrupaciones religiosas relacionadas con el cristianismo de los primeros siglos de nuestra era. Pero el gnosticismo no está sujeto a las delimitaciones en el tiempo ni del entorno, el gnosticismo tiene su surgimiento en la asunción y reconocimiento del hombre de estar sometido a las fuerzas oscuras del cosmos (de su psique) y a su escasa capacidad moral y de consciencia para superarlas con las herramientas del yo. De ese reconocimiento surge la necesidad de buscar alianzas para esa lucha cuya meta es liberarse de las cadenas que lo mantienen atado al mundo material y materialista. Esa alianza la encuentra en su contacto con el Espíritu que al final será el encargado de rescatar a su alma caída en el mundo del deseo y de la ilusión, es decir, en el lenguaje de los gnósticos antiguos, sometida a los Arcontes, que eran los daemones o genios gobernadores de cada una de las esferas y que en la práctica gobernaban su cuerpo emocional y mental.

En el momento en que cada uno de nosotros recibe la vida y el alma, es cogido por los genios que presiden los nacimientos, y que se encuentran situados en los astros. A cada instante cambian, no son siempre los mismos, giran en círculo. Ellos penetran a través del cuerpo en las dos partes del alma, para moldearla cada uno según su energía. Pero la parte razonable del alma no se encuentra sometida a los genios, sino que se encuentra dispuesta para recibir a Dios, que la ilumina con un rayo de sol. Los iluminados así son poco numerosos, y los genios se abstienen de ellos; pues ni los genios ni los dioses poseen poder alguno contra un solo rayo de Dios. Todos los otros, almas y cuerpos, están dirigidos por los genios, se apegan a ellos y aman sus obras; pero la razón no es como el deseo que engaña y pierde. Los genios tienen pues la dirección de los asuntos terrestres, y nuestros cuerpos les sirven de instrumentos. Esta dirección, Hermes la llama el Destino (Corpus Hermeticum. “Asclepios al Rey Amon” pag.265-266. Ed. Visión Libros, 1981).

Los numerosos grupos de orientación gnóstica que se formaron en aquella época eran de corte exclusivamente iniciático, y las distintas escuelas y corrientes explicitaban sus diferentes cuerpos de enseñanzas que en algunos casos eran muy dispares. Cada escuela gnóstica tenía su propio cuerpo de enseñanzas, que más allá de exponer y recomendar ciertos códigos éticos y morales de conducta a los que se adherían al grupo, también se daba cabida a la especulación filosófica, a la tradición y a la magia. Dichas enseñanzas eran fundamentalmente simbólicas, a cuya esencia y significado se podría acceder a medida que el practicante se formaba gradualmente, y sólo a través de la experiencia individual de la Gnosis, no por el aprendizaje literal de sus textos. Esta diversidad en la exposición de los senderos que cada escuela promulgaba para acceder a la Gnosis, parecía desembocar en un cierto antagonismo entre ellas. Un antagonismo más aparente que real, pues todas se regían por las mismas aspiraciones y propósitos. Serge Huntin en su obra Les Gnostiques, dice:

“La extrema diversidad de las especulaciones gnósticas es innegable… La misma diversidad existe en el dominio del culto y de los ritos, donde las tendencias más acéticas se oponen a las prácticas más innombrables: en los misterios y las iniciaciones de los gnósticos vuelven a encontrarse los dos polos extremos del misticismo.

Es fácil descubrir, sin embargo, un cierto «aire de familia»… a pesar de las múltiples diferencias y oposiciones que manifiestan.”

Este antagonismo aparente y la variedad de sus enseñanzas teóricas proporcionaron una de las justificaciones a la iglesia oficial, amparada ya por aquel tiempo por el imperio romano, para catalogar a estos grupos de sectarios, con toda la carga peyorativa del término, de herejes, acusándolos de entregarse a prácticas depravadas. A pesar de ello, fueron precisamente los movimientos gnósticos los que crearon las condiciones y pondrían los fundamentos de la nueva religión cristiana. En realidad, en el fondo de las motivaciones que impulsaban a la facción oficialista a denigrar a las escuelas gnósticas era el deseo irrenunciable de ejercer el poder. En esa batalla perdieron los que menos importancia le daban al poder, pues para ellos lo importante recaía sobre la realización personal, estos, claro está, eran los gnósticos.

No obstante, la Gnosis no es, ni nunca fue, algo privativo del cristianismo. Aunque el gnosticismo como tal es dado a conocer al mundo, fundamentalmente al mundo occidental, desde los tiempos de su manifestación en los albores de la era cristiana, lo cierto es que su existencia es anterior a la era cristiana. Su sello lo podemos encontrar, por ejemplo en la tradición irania-babilónica; en el Hermetismo, el cual se encuadra dentro de los movimientos gnósticos por derecho propio, por lo que también es conocido como Gnosis egipcia, siendo su principal exponente el Corpus Hermeticum, una antología de textos que recogen las enseñanzas de Hermes Trismegisto. El corpus que ha llegado hasta nosotros es, según Hans Jonas:

“… el remanente de una literatura helenística egipcia de la revelación llamada «hermética» por la identificación sincrética del dios egipcio Thoth con el griego Hermes”.

(Hans Jonas, La Religión Gnóstica: El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Pag.75. Ed. Siruela, 2000.)

Thoth es el dios egipcio del Conocimiento, y la revelación es el medio por el que ese Conocimiento (Gnosis) se obtiene. El Islam tiene su facción gnóstica en los teósofos Ismaelitas y en el misticismo sufí; el judaísmo tiene su sello gnóstico en la tradición Qabalística. También encontramos corrientes de clara inspiración gnóstica en el hinduismo y en el budismo, como por ejemplo en el Dzogchen. En realidad cualquier tradición puede tener una inspiración gnóstica, pues la Gnosis no está adscrita en exclusividad a alguna o algunas de ellas, sino que depende de si sus practicantes toman el cuerpo simbólico de dicha tradición y trabajan sobre él para favorecer el contacto con las realidades internas a las que alude de forma directa. Para el gnóstico el fin primordial de la Gnosis es su propia transformación, la cual es obtenida por el efecto que la revelación ejerce sobre su alma.

Para el gnóstico, la Verdad transmitida por la Gnosis no es aquella que ha sido revelada a alguien en particular o en algún momento de la historia, sino que el Conocimiento revelado en los actos de Gnosis son tomados como un continuum de toma de consciencia de la Realidad por parte de cada individuo.

El gnóstico se define por su práctica y por el hecho de enfrentarse a su sed de conocimiento con libertad de consciencia con el propósito de desvelar los Misterios de la naturaleza, de sí mismo y de Dios, impregnando dicha práctica con una actitud religiosa en el sentido original de la palabra “re-ligare”, reintegrar, reunificar, lo que implica al mismo tiempo un proceso de fortalecimiento del vínculo con el sí-mismo implícito en el Proceso de Individuación.

Siendo la Gnosis conocimiento de sí mismo, es al mismo tiempo conocimiento del sí mismo en Dios y de Dios en el sí mismo del hombre que se conoce, es decir Hijo de Dios; podemos por lo tanto considerar al gnóstico simultáneamente Monakos (= solitario), Pneumatikos (=espiritual) y Elektos (= elegido); en suma Gnostikos, o sea el que posee el conocimiento de sí mismo.

El Obispo gnóstico Stephan Hoëller dice:

“…Por eso la Gnosis es Religión Única y Tradición Universal
(= Doctrina Secreta), suma y síntesis de todas las tradiciones parciales de Oriente y Occidente, que con diferentes lenguajes y bajo los velos más variados ha sido dada en símbolos a la masa y transmitida de boca a oído durante milenios en el interior de los Santuarios.”

Aquellos que se sientan atraídos por la Gnosis deben saber que la Gnosis es una experiencia viva, no un sistema cristalizado, y que de ella sólo pueden estudiarse sus especulaciones y descripciones filosóficas, que serán básicamente descripciones simbólicas de la experiencia interna de quien las expresa, muy semejante a la forma en la que los antiguos alquimistas expresaban sus hallazgos en el sendero de su Gran Obra, aunque sin pretender constituirse en depositarios ni custodios de algún secreto, puesto que si llamamos ‘secreto’ a aquello que se oculta al observador poco entrenado o atento, entonces hay que convenir que el secreto se guarda a sí mismo

Fermina Pulido
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Psicóloga en PsicoAljarafe
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