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  LA BÚSQUEDA DEL SIGNIFICADO
La condición de cada hombre es una solución en jeroglífico a esas preguntas que él se hace. Las interpreta igual que la vida, antes de percibirlas como verdaderas.
(Ralph Waldo Emerson)

 
1.- La Función del Símbolo

Uno de los síntomas de la alienación en la era moderna es la sensación generalizada de la carencia de sentido. Muchos pacientes buscan psicoterapia no por cualquier desorden claramente definido, sino porque sienten que la vida no tiene significado. El psicoterapeuta serio apenas puede evitar la impresión de que esta gente está experimentando efectos perturbadores no solo por una experiencia infantil de insatisfacción, sino también por un trastorno ocasionado por una transición cultural importante. Parece que estamos pasando por una reorientación psicológica colectiva equivalente a la aparición del cristianismo desde las ruinas del Imperio Romano. Acompañando el declive de la religión tradicional hay cada vez más evidencias de una desorientación psíquica general. Hemos perdido nuestra orientación. Nuestra relación con la vida se ha convertido en ambigua. El gran sistema simbólico en el que está organizado el cristianismo parece no ser ya capaz de ordenar plenamente el compromiso de los hombres ni satisfacer sus necesidades primordiales. El resultado es un sentimiento de falta de significado y alienación de la vida que lo impregna todo. Queda por ver si aparecerá o no un nuevo símbolo religioso colectivo. Por el momento, aquellos que toman consciencia del problema están obligados a realizar su propia búsqueda individual del significado de la vida. La individuación se convierte en sus formas de vida.

Utilizo aquí la palabra “significado” en un sentido especial. En general podemos distinguir dos usos diferentes de la palabra. El término más corriente se refiere al conocimiento abstracto objetivo que porta un signo o representación. Así, por ejemplo, la palabra caballo significa una especie particular de animal cuadrúpedo; o una luz roja de tráfico significa detenerse. Estos son significados objetivos abstractos transmitidos por signos. No obstante hay otra clase de significado, es decir, subjetivo, un significado vivo que no se refiere a un conocimiento abstracto sino más bien a un estado psicológico que puede afirmar la vida. Es este sentido de la palabra el que usamos cuando describimos una experiencia profundamente conmovedora como algo significativo. Tal experiencia no transmite un significado abstracto, al menos no primariamente, sino más bien un significado vivo que, cargado de afecto, nos relaciona orgánicamente con la vida como una totalidad. Los sueños, los mitos y las obras de arte pueden transmitir este sentido del significado vivo subjetivo que es totalmente diferente del significado abstracto objetivo. Es el no separar estos dos diferentes usos de la palabra “significado” lo que nos lleva a hacernos la pregunta sin respuesta, “¿Cuál es el significado de la vida?” La pregunta no puede ser respondida de esta forma porque confunde significado abstracto, objetivo con significado viviente, subjetivo. Si retocamos la frase para hacerla más subjetiva y que diga, “¿Cuál es el significado de mi vida?”, entonces comienza a tener una posibilidad de respuesta.

El problema del significado de la vida está estrechamente relacionado con el sentido de identidad personal. La pregunta de “¿Cuál es el significado de mi vida?” es casi la misma que la pregunta “¿Quién soy?” Esta última pregunta es una pregunta claramente subjetiva. Una respuesta adecuada sólo puede venir de dentro. Así, podemos decir: El significado se encuentra en la subjetividad. Pero, ¿Quién valora la subjetividad? Cuando utilizamos la palabra subjetivo, generalmente decimos ‘solamente subjetivo’, como si se pensara que el elemento subjetivo no tuviera consecuencia. Desde el declive de la religión no hemos tenido una confirmación colectiva adecuada para la vida subjetiva, introvertida. Todas las tendencias van en dirección opuesta. Las distintas presiones de la sociedad occidental inducen sutilmente al individuo a buscar el significado de la vida en lo externo y en la objetividad. Ya sea la meta el estado, la organización corporativa, la buena vida material, o la adquisición de conocimiento científico objetivo, en todos los casos el significado humano está siendo buscado donde no existe –en el exterior, en la objetividad. La subjetividad única, particular, no-duplicada del individuo que es la fuente real de los significados humanos y que no es susceptible de una aproximación estadística objetiva es la piedra rechazada y despreciada por los constructores de nuestra visión del mundo contemporáneo.

Incluso la mayoría de los psiquiatras, quienes deberían saber mejor, contribuyen a la actitud imperante que desprecia la subjetividad. Hace algunos años di una charla sobre la función de los símbolos ante un grupo de psiquiatras. Después, el ponente hizo una crítica sobre el asunto. Una de sus objeciones principales fue que yo describía el símbolo como si fuera algo real, casi vivo, como realmente hice. Esta crítica refleja una actitud general hacia la psique y la subjetividad. Se considera que la psique no tiene realidad en sí misma. Las imágenes subjetivas y los símbolos se consideran que no son más que reflexiones del entorno y de las relaciones interpersonales de uno mismo, o nada más que deseos de satisfacciones instintivas.

La necesidad más urgente del hombre moderno es descubrir la realidad y el valor del mundo subjetivo interno de la psique, descubrir la vida simbólica. Tal como Jung dijo:

El hombre está necesitado de una vida simbólica. . . Pero no tenemos vida simbólica. . . ¿Tenéis un rincón en algún lugar de vuestra casa donde realizar los ritos tal como podemos ver en La India? Incluso las casas más humildes tienen un rincón con cortinas donde los miembros de la casa pueden llevar una vida simbólica, donde pueden realizar sus votos y sus meditaciones. Nosotros no lo tenemos. . . No tenemos tiempo ni lugar. . . Sólo la vida simbólica puede expresar la necesidad del alma –¡la necesidad diaria del alma, recordadlo! Y debido a que la gente no tiene tales cosas, nunca podrán salir de este molino –de esta horrible molienda, de la vida banal en la que no son más que eso.”
(C.G. Jung, “La Vida Simbólica”)

El hombre necesita un mundo de símbolos así como un mundo de signos. Ambos, signo y símbolo son necesarios pero no se deberían confundir uno con otro. Un signo es una muestra de significado que se emplea para una entidad conocida. Por esta definición, el lenguaje es un sistema de signos, no de símbolos. Un símbolo es una imagen o representación que apunta a algo esencialmente desconocido, un misterio. Un signo comunica conocimiento abstracto, objetivo, mientras que un símbolo porta un conocimiento vivo, subjetivo. Un símbolo tiene un dinamismo subjetivo que ejerce una poderosa atracción y fascinación sobre el individuo. Es una entidad viva, orgánica que actúa como un liberador y trasformador de la energía psíquica. Por eso, podemos decir que un signo está muerto, pero que un símbolo está vivo.

Los símbolos son productos espontáneos de la psique arquetípica. Uno no puede fabricar un símbolo, uno sólo puede descubrirlo. Los símbolos son portadores de energía psíquica. Este es el motivo por el que es apropiado considerarlos como algo vivo. Transmiten al ego, ya sea consciente o inconscientemente, la energía vital que sostiene, guía y motiva al individuo. La psique arquetípica está continuamente creando una corriente estable de imaginería simbólica viva. Normalmente este flujo de imágenes no es percibido conscientemente excepto a través de los sueños o a través de las fantasías de la vigilia, cuando el nivel consciente de atención se ha disminuido. No obstante, hay razones para creer que incluso en el estado de completa vigilia este flujo de símbolos cargados con energía efectiva continúa fluyendo más allá de que el ego se dé cuenta. Los símbolos se filtran en el ego, provocando que se identifique con ellos y los exprese inconscientemente; o se vierten en el entorno exterior vía la proyección, causando que el individuo llegue a fascinarse y enredarse con objetos y actividades externas.

2. Las Falacias Concretistas y Reduccionistas.

La relación entre el ego y el símbolo es un factor muy importante. En general hay tres posibles modelos de relación entre el ego y el símbolo o, lo que es lo mismo, entre el ego y la psique arquetípica:

1.- El ego puede identificarse con el símbolo. En este caso la imagen simbólica
puede ser vivida en el exterior de forma concreta. El ego y la psique
arquetípica llegan a ser uno.

2.- El ego puede alienarse del símbolo. Aunque la vida simbólica no puede
destruirse, en este caso funcionará de una forma degradada en la consciencia
externa. El símbolo será reducido a un signo. Su importancia misteriosa será
entendida solamente en términos de factores abstractos y elementales.

3.- La tercera posibilidad es la única deseable. En este caso el ego, al tiempo
que se separa claramente de la psique arquetípica, está abierto y receptivo a
los efectos de la imaginería simbólica. Se posibilita una especie de diálogo
consciente entre el ego y los símbolos que aparecen. Entonces el símbolo es
capaz de realizar su propia función como liberador y transformador de energía
psíquica con plena participación del entendimiento consciente.

Estas diferentes relaciones entre el ego y el símbolo dan crecimiento a dos posibles falacias a las que llamaré la falacia concretista y la falacia reduccionista. En la falacia concretista, que es la más primitiva de las dos, el individuo es incapaz de distinguir los símbolos de la psique arquetípica de la realidad concreta externa. Las imágenes simbólicas internas son experimentadas como siendo factores reales y externos. Ejemplos de esta falacia son las creencias animistas de los primitivos, las alucinaciones e ilusiones de los psicóticos y las supersticiones de toda clase. Mezcolanzas confusas de la realidad física y psíquica tal como se pueden dar en determinadas formas de abordar la práctica de la alquimia, de la astrología y en numerosos cultos de curación de hoy día caen dentro de esta categoría. La misma falacia está en la forma por la que los creyentes religiosos toman erróneamente las imágenes religiosas simbólicas para referirlas a hechos literales concretos, confundiendo sus convicciones religiosas, propias o parroquiales, con verdades universales y absolutas. Hay peligro de sucumbir a la falacia concretista siempre que estemos tentados de aplicar una imagen simbólica a un hecho físico externo con el propósito de manipular esos hechos en nuestro propio interés. Los símbolos tienen efectos válidos y legítimos sólo cuando sirven para cambiar nuestro estado psíquico o actitud consciente. Sus efectos son ilegítimos y peligrosos cuando se aplican de una forma simplista a la realidad física.

La falacia reduccionista comete el error opuesto. En este caso, la importancia del símbolo se pierde por malentenderlo simplemente como un signo para cualquier otro contenido conocido. La falacia reduccionista está basada en la actitud racionalista que asume que puede ver más allá de los símbolos, hasta su significado “real”. Esta aproximación reduce toda imaginería simbólica a factores elementales conocidos. Opera sobre la asunción de que no existe ningún misterio verdadero, ni nada esencial desconocido que trascienda la capacidad de comprensión del ego. Así, desde esta visión no puede haber verdaderos símbolos sino sólo signos. Para los que mantienen esa posición, el simbolismo religioso no es más que la evidencia de la ignorancia y de la superstición primitiva. La falacia reduccionista también es compartida por aquellos teóricos psicológicos que consideran que el simbolismo no es más que el funcionamiento primitivo, prelógico del ego arcaico. Caemos en este error siempre que tratamos nuestras reacciones e imágenes subjetivas de manera abstracta, estadística, apropiada a la ciencia natural y a la realidad física. Este error es el reverso del precedente donde una imagen simbólica subjetiva se utilizaba para manipular los hechos físicos, violentándolos. Aquí, la actitud abstracta, objetiva, apropiada para el entendimiento de la realidad exterior, se aplica a la psique inconsciente en un intento de manipularla. Esta actitud violenta la realidad autónoma de la psique.

El conflicto entre la falacia concretista y la reduccionista está en el corazón del conflicto contemporáneo entre la visión religiosa tradicional del hombre y la llamada visión científica moderna. Y puesto que es un problema colectivo, todos portamos algo del conflicto dentro de nosotros mismos. Concerniente a este problema Jung escribió:

“Todo el que habla de estos temas corre el peligro de caer en uno de los dos bandos en pugna en torno de estos objetos. Esta disputa tiene su fundamento en el peculiar presupuesto de que algo es “verdadero” únicamente cuando se presenta o ha presentado como hecho físico. Así, por ejemplo, los unos creen, como físicamente verdadero, y los otros niegan, como físicamente imposible, el hecho de que Cristo naciese de una virgen. Cualquiera puede ver que este dilema no tiene solución lógica; lo mejor sería, en consecuencia, dejar tales inútiles discusiones. Ambas partes tienen y no tienen razón, y podrían fácilmente llegar a un acuerdo si renunciasen simplemente a la palabra “físico”. El que algo sea una realidad “física” no es el único criterio de verdad. También existen verdades anímicas, las cuales no pueden ni explicarse ni probarse, pero tampoco negarse físicamente. Si, por ejemplo, todo el mundo creyese que en otro tiempo el Rin corría hacia arriba, que partiendo de su actual desembocadura, desembocaba en sus fuentes, esta creencia no deja de ser un hecho, aunque lo afirmado por ella haya de ser tenido, físicamente considerado, por extraordinariamente increíble, Pero esta creencia constituiría un hecho que ni puede negarse ni necesita tampoco ser demostrado.
A este mismo tipo de verdades pertenecen las afirmaciones religiosas. Las afirmaciones religiosas se refieren en cuanto tales a hechos que no son comprobables físicamente. . . Las afirmaciones religiosas no tendrían sentido si se refiriesen a hechos físicos. . . . El hecho de que las afirmaciones religiosas estén a menudo en contradicción con fenómenos físicamente comprobables prueba la independencia del espíritu respecto de la percepción física; y manifiesta que la experiencia anímica posee una cierta autonomía frente a las realidades físicas. La psique es un factor autónomo; las afirmaciones religiosas son conocimientos anímicos, que, en último término, tienen como base procesos inconscientes, es decir, trascendentales. Estos procesos son inaccesibles a la percepción física, pero demuestran su presencia mediante las correspondientes confesiones de la psique. . . . Ello hace que, cuando hablamos de contenidos religiosos, nos movamos en un mundo de imágenes, las cuales señalan hacia algo que es inefable. No sabemos hasta qué punto son claros u oscuros estos conceptos, imágenes y metáforas con respecto a su objeto trascendental. . . . Pero no puede dudarse de que en la base de estas imágenes se encuentra algo trascendente a la conciencia, y esto hace que las afirmaciones no varíen caóticamente y sin limitación alguna; así podemos reconocer que estas imágenes se refieren a unos pocos “principios” o arquetipos. Estos arquetipos son incognoscibles por sí mismos, lo mismo que lo son la psique o la materia.”
(C.G. Jung, “Respuesta a Job”)

Como con todos los asuntos que pertenecen a la personalidad, las falacias reduccionista y concretista no pueden ser cambiadas tras una petición o exhorto racional. En realidad pueden considerarse como dos etapas sucesivas en el desarrollo de la personalidad. El estado de identificación entre el ego y los símbolos inconscientes genera la falacia concretista. Este estado es característico de una etapa temprana del desarrollo del ego observado, por ejemplo, en los primitivos y en los niños. La falacia reduccionista deriva de un estado de alienación entre el ego y el simbolismo del inconsciente. Parece ser una etapa posterior del desarrollo, quizás una reacción necesaria contra el estado previo de identidad entre el ego y el inconsciente. En este punto, el desarrollo del ego puede requerir una depreciación del inconsciente y del poder de sus imágenes simbólicas. Sin embargo, esto puede conducir a una disociación entre el ego y el inconsciente que más pronto o más tarde debe ser puenteada si uno quiere ser total.

Debemos hacer consciente el proceso simbólico. Para llegar a ser conscientes de los símbolos primero necesitamos saber cómo se comporta un símbolo cuando es inconsciente. Todas las prácticas inhumanas de ritos salvajes y rituales así como las perversiones y los síntomas neuróticos pueden ser entendidos si comprendemos cómo funcionan los símbolos inconscientemente. La proposición básica es esta: un símbolo inconsciente es vivido, pero no percibido. El dinamismo del símbolo inconsciente se experimenta sólo como un deseo hacia alguna acción externa que se percibe como perentoria. La imagen tras ese impulso no se ve. No se discierne ningún significado puramente psicológico tras la fuerza motivadora de la imagen simbólica que nos tiene agarrados. El ego, identificado con la imagen simbólica, se convierte en su víctima, condenado a vivir fuera de forma concreta el significado del símbolo en vez de entenderlo conscientemente. En la medida en que el ego se identifique con la psique arquetípica, el dinamismo del símbolo se verá sólo como un impulso a la codicia, al anhelo vehemente, la lujuria, o al poder. Una de las características de la psicología Junguiana es haber reconocido al símbolo, (y por lo tanto a la psique arquetípica de la que es una manifestación) tal como funciona cuando el ego está identificado con ella. En la psicología Freudiana, por ejemplo, donde Jung ve la psique arquetípica transpersonal, Freud ve al Id. El Id es una caricatura del alma humana. La psique arquetípica y sus símbolos sólo se perciben por la forma que se manifiestan cuando el ego está identificado con ellos. El Id es el inconsciente visto sólo como instinto sin ninguna consideración de las imágenes que yacen tras los instintos. En la medida que las imágenes no sean consideradas absolutamente, son interpretadas reduccionistamente retrocediendo al instinto. La imagen simbólica per se no presupone realidad explícita alguna. Es importante entender esta actitud freudiana hacia el inconsciente porque de una forma u otra es compartida prácticamente por todas las escuelas psicológicas modernas. Ningún psiquiatra negará que las urgencias de los instintos están vivas y son efectivas, pero casi todos acuerdan en negar la vida y la realidad de las imágenes simbólicas en y por sí mismas.

Esta extendida actitud de la psicología moderna que ve la psique inconsciente motivada solo por los instintos es básicamente anti-espiritual, anticultural, y destructiva de la vida simbólica. En la medida que tal actitud se mantenga, será imposible el cultivo de un pleno significado de la vida interior. Por supuesto que la compulsión instintiva es una realidad. Pero es la imagen simbólica, actuando como liberadora y transformadora de la energía psíquica, la que eleva la compulsión instintiva a otro nivel de significado y humaniza, espiritualiza y culturiza la cruda energía animal. El instinto contiene su propio significado oculto que se revela sólo por percibir la imagen impregnada en el instinto.

Una forma de descubrir la imagen oculta es a través del proceso de analogía. Tal como Jung dice:

“La creación de. . . . analogías libera al instinto y a la esfera biológica como un todo de la presión de los contenidos inconscientes. No obstante, la ausencia de simbolismo sobrecarga la esfera del instinto.”
(C.G. Jung, “La práctica de la Psicoterapia”)

Como ejemplo del método analógico, recuerdo a un paciente que era presa inconsciente de una imagen simbólica poderosa que le compelía a vivirla en el exterior como un síntoma hasta que él la entendiera conscientemente. Puesto que es más fácil ver cosas grandes que pequeñas, yo elijo un ejemplo que se magnifica por ser un síntoma de psicopatología. Estoy pensando en un caso de travestismo –un hombre joven que sentía un fuerte impulso a vestirse con ropas de mujer. Cuando llevaba alguna pieza de vestimenta femenina, su actitud hacia sí mismo sufría un cambio radical. De ordinario él se sentía tímido, inferior e impotente. Pero cuando portaba algún artículo del atuendo femenino, que llevaba oculto de la vista general, se sentía seguro, efectivo y sexualmente potente. ¿Qué significa tal síntoma? Este paciente vivía una imagen simbólica inconsciente. Ya que tal imagen simbólica tiene el mismo origen que la de los sueños, podemos acercarnos a ella de la misma forma que nos acercaríamos a un sueño –por el método de la amplificación. Nos preguntamos entonces ¿qué pasa con vestirse con ropa de mujeres? ¿Qué paralelismo general y mitológico podemos encontrar?

En el Libro V de la Odisea, se describe el viaje de Ulises entre la isla de Calipso y la tierra de los Feacios. Durante este viaje Poseidón agita una fuerte tormenta que habría ahogado a Ulises a no ser porque Ino, una diosa del mar, llegó en su auxilio. Ella le dijo que se quitara sus ropas, abandonara la balsa y nadara hasta tierra, y añadió:

“Toma en tanto este velo inmortal, ponlo abierto debajo tu pecho, mientras lo lleves puesto no temas sufrimientos ni muerte; pero en cuanto tus manos alcancen la playa, desliga otra vez de tu cuerpo sus nudos y, vuelto de espalda, arrójalo a las olas tan lejos como puedas.”

El velo de Ino es la imagen arquetípica que yace tras el síntoma del travestismo. El velo representa el soporte y la contención que el arquetipo de la madre puede proveer al ego durante una activación peligrosa del inconsciente. Es legítima utilizar este soporte, tal como lo hizo Ulises, durante un tiempo de crisis. Pero el velo debe ser devuelto a la diosa tan pronto como la crisis pase.

Otro paralelismo lo proveen los sacerdotes de la Magna Mater en la antigua Roma y en Asia Menor. Después de sus consagraciones, estos sacerdotes llevarían ropas femeninas y se dejarían el cabello largo para representar su dedicación a la Gran Madre. Un residuo de este travestismo sacerdotal existe hoy día en las faldas que llevan los clérigos católicos que están al servicio de la Madre Iglesia. Estos paralelismos vienen a mostrar que la compulsión del travestismo está basada en la necesidad inconsciente de un soporte de contacto con la deidad femenina –el arquetipo de la madre. Esta es la forma de entender simbólicamente tal síntoma. Por supuesto, siempre que hablamos de la imagen de una deidad, estamos usando un símbolo, porque una deidad o poder suprapersonal no puede definirse con precisión. No es un signo para algo conocido y racionalmente entendido sino que más bien un símbolo expresa un misterio. Esta forma de interpretación, si exitosa, puede conducir al paciente a la vida simbólica. Un síntoma paralizante, cargado de culpabilidad puede ser sustituido por un símbolo pleno de significado que enriquece la vida y que se experimenta conscientemente en vez de vivirlo de una forma sintomática, compulsiva e inconsciente.

Este caso es un ejemplo de cómo el síntoma puede ser transformado en un símbolo a través de darse cuenta de sus fundamentos arquetípicos. Cada símbolo deriva de la imagen de alguna situación arquetípica. Por ejemplo, muchos síntomas de ansiedad tienen como contexto arquetípico la lucha del héroe con el dragón, o quizás los ritos de iniciación. Muchos síntomas de frustración o de resentimiento son una reactualización del encuentro arquetípico de Job con Dios. Ser capaz de reconocer el arquetipo, ver la imagen simbólica tras el síntoma, transforma inmediatamente la experiencia. Puede ser igual de doloroso, pero ahora tiene significado. En vez de aislar a la víctima de sus compañeros humanos, les une a ellos en una relación más profunda. Ahora se siente como un compañero en el colectivo de la empresa humana –la evolución dolorosa de la consciencia humana– la cual comienza en la oscuridad del pantano primordial y que terminará no sabemos dónde.

Los estados de ánimo y emocionales intensos también revelan su significado si se puede encontrar la imagen simbólica relevante. Por ejemplo, un hombre era presa de un estado de ánimo de furia. Las cosas no eran como él quería, pero no podía expresarlo ni reprimirlo. Finalmente, rogaba entender su significado. Inmediatamente le vino la imagen de tres hombres en un horno ardiente, tal como se describe en el Libro de Daniel. El lee este pasaje de la Biblia y al verse reflejado en él, su estado de ánimo desapareció. El tercer capítulo de Daniel describe el decreto de Nabucodonosor de que toda la gente a una señal debía postrarse y adorar a su ídolo dorado. Sadrac, Mesac y Abednego se negaron y Nabucodonosor con rabia los metió en un horno ardiendo. Pero permanecieron ilesos y fue vista una cuarta figura paseándose con ellos en el fuego, “como un hijo de Dios”.

Esta imagen resolvió el estado la furia porque expresa simbólicamente el significado del estado de ánimo. El rey Nabucodonosor representa una figura con poder decisorio arbitrario y tiránico que usurparía las prerrogativas divinas y que se enfurece cuando no es tratado como una deidad. Es el ego identificado con el Sí Mismo. Su rabia es sinónimo del horno ardiendo. Sadrac, Mesac y Abednego, al negarse a dar valor transpersonal a un motivo personal se expusieron voluntariamente al fuego de la frustración de Nabucodonosor. Esto se correspondería con la capacidad del paciente a evitar la identificación con el afecto y en su lugar a soportarlo, para finalmente buscar su significado en la imaginación activa. La cuarta figura que aparece en el horno “como un hijo de Dios”, representaría lo transpersonal, el componente arquetípico que fue actualizado en la experiencia. Porta significado, libera e integra (como el cuarto).

Este ejemplo ilustra una declaración de Jung. Sobre esta confrontación con el inconsciente, él escribe:

“Estaba viviendo en un constante estado de tensión. . . . Hasta que no logré traducir las emociones en imágenes –es decir, encontrar las imágenes que estaban escondidas en las emociones– no me calmé interiormente y me tranquilicé.”
(C.G. Jung. “Recuerdos, Sueños, Pensamientos”)

En tanto que uno sea inconsciente de la dimensión simbólica de la existencia, uno experimenta las vicisitudes de la vida como síntomas. Los síntomas son estados perturbadores de la mente que somos incapaces de controlar y que esencialmente carecen de sentido –es decir, no contienen ningún valor ni significado. Los síntomas son intolerables precisamente porque no tienen significado. Cualquier dificultad puede soportarse si podemos discernir su significado. La carencia de sentido o de significado es la amenaza más grande de la humanidad.

Nuestra vida vigílica está compuesta de una serie de estados de ánimo, sentimientos, ideas y compulsiones. Estos estados psíquicos sucesivos a través de los que pasamos son como las cuentas de un rosario. Dependiendo de nuestra actitud consciente, experimentamos este rosario de la vida bien como una sucesión de síntomas sin sentido o, a través de la consciencia simbólica, como una serie de encuentros numinosos entre el ego y la psique transpersonal. Tanto nuestros placeres como nuestros miedos son síntomas si no portan importancia simbólica alguna. Los sabios de la India reconocen esto en sus doctrinas sobre Maya. De acuerdo a esta visión, el miedo y el placer, que son síntomas de la vida, están indisolublemente conectados. Para liberarse de los síntomas del miedo uno debe renunciar a los síntomas placenteros. En términos de la psicología analítica, los esfuerzos de los hindúes para liberarse de la compulsión del miedo y del placer son equivalentes a la búsqueda de la vida simbólica. El Nirvana no es un escape de la realidad de la vida. Es más bien el descubrimiento de la vida simbólica que libera al hombre de esta “molienda, banal y horrible de la vida” la cual no es sino una sucesión de síntomas sin sentido.

3. La Vida Simbólica

De alguna forma, la vida simbólica es un prerrequisito para la salud psíquica. Sin ella el ego está alienado de su fuente suprapersonal y cae víctima de una especie de ansiedad cósmica. Con frecuencia los sueños intentan curar al ego alienado llevándole algún sentido de su origen. Aquí hay un ejemplo de tal sueño. La soñadora estaba luchando con el problema de la alienación ego-Sí Mismo. Había caído en un profundo sentimiento de depresión, falta de autoestima, y carencia de sentido de su vida y sus capacidades. Entonces ella tuvo este sueño:

“Un anciano, que era tanto sacerdote como rabino estaba hablándome. A medida que oía sus palabras me conmovían profundamente y sentía que estaba siendo curada. Me parecía como si Dios hablase a través de él. Sentía que el eterno problema que siempre está dentro de mí se resolvía. Por un momento supe porqué. A medida que hablaba me volvía a poner en contacto con algo que yo conocía hacía mucho tiempo –antes de que yo naciera.”

Este sueño tuvo un impacto poderoso sobre la soñadora. Lo experimentó como algo curativo. La eterna pregunta que concernía al significado de su vida fue respondida. Pero ¿Cuál fue la respuesta? Al principio, al despertar ella no recordaba lo que el anciano le había dicho. Entonces repentinamente ella pensó en la antigua leyenda judía que había leído una vez en un libro y comprendió que era la esencia de esa leyenda lo que el sacerdote-rabino le había estado contando. La historia de esta leyenda es como sigue:

“Antes del nacimiento de un niño, Dios convoca ante él a la semilla del futuro humano y decide lo que llegará a ser su alma: hombre o mujer, sabio o simplón, rico o pobre. Sólo hay una cosa que Él no decide, –esto es, si será honesto o deshonesto, porque, tal como está escrito, “Todas las cosas están en la mano del Señor excepto el temor de Dios”. Sin embargo, el alma suplica a Dios que no la envíe fuera del mundo donde reside. Pero Dios le contesta: “El mundo al que te envío es mejor que el mundo de donde provienes, y cuando te formé, lo hice para este destino terrestre”. Luego, Dios ordena al ángel encargado de las almas vivientes en el Más Allá a iniciar a esta alma en todos los misterios de ese otro mundo, del Paraíso y del Infierno. De tal forma que el alma experimente todos los secretos del Más Allá. En el momento del nacimiento, no obstante, cuando el alma llega a la tierra, apaga la luz del conocimiento que arde sobre ella, y el alma, encerrada en su envoltura terrestre, entra en este mundo, habiendo olvidado su sabiduría, pero buscando siempre recuperarla.”
(“El Midrash Dice”)
El sueño que llevó esta bella leyenda a la mente de la soñadora es un excelente ejemplo de la operación del eje ego-Sí Mismo que trae a la consciencia una percepción del origen del ego, el significado y el despertar a la vida simbólica. La figura del sacerdote-rabino es una representación de lo que Jung denomina el arquetipo del anciano sabio. Él es un guía espiritual, el que trae sabiduría y curación. Yo le consideraría una personificación del eje ego-Sí Mismo. En la combinación de sacerdote y rabino, él reúne dos tradiciones simbólicas y religiosas separadas aunque lo que le contó no pertenece a ningún sistema religioso en particular. El tema de los orígenes prenatal del ego es una imagen arquetípica de la que podemos encontrar muchos ejemplos. Uno de ellos lo encontramos en la doctrina de las ideas prenatales de Platón tal como se expone en Fedón (Diálogos de Fedón). De acuerdo a este mito todo aprendizaje es una recolección de conocimiento prenatal que es innato pero olvidado. En términos psicológicos esto significa que las formas arquetípicas de la experiencia humana son pre-existentes o a priori; sólo esperan la encarnación en una particular historia de vida individual. Esta teoría de reminiscencias platónica a veces se expresa en los sueños. Una persona puede soñar que está involucrada en un suceso insignificante que vagamente comprende que ha sucedido antes y está siguiendo algún plan predeterminado. Como un soñador que describió el siguiente sueño:

“Era como si estuviera experimentando el sueño en dos niveles simultáneamente. Por una parte era único, espontáneo e improvisado. Por otra parte yo parecía estar interpretando un papel y reconstruyendo una historia que yo conocí una vez pero que había olvidado. Los dos niveles estaban inexplicablemente conectados. Yo estaba interpretando el papel perfectamente, justo porque realmente lo estaba viviendo en ese mismo momento. Yo representaba mi papel mientras que al mismo tiempo parecía estar ayudado por el hecho de que una vez había conocido la historia. Cada una de las situaciones que aparecían, tocaba alguna cuerda de la memoria que venía en mi ayuda.”

Otro paralelismo es un antiguo relato Gnóstico que tiene mucha similitud a la leyenda judía acotada anteriormente, pero que va un paso más allá al mostrar cómo despierta el alma y recuerda su origen celestial. Los traductores modernos han titulado este texto “El Himno de la Perla”. Es como sigue:

Cuando era un niño vivía en mi reino en la Casa de mi Padre, y en la opulencia y abundancia de mis educadores me solazaba, cuando mis Padres me equiparon y enviaron desde el Oriente, nuestra Patria.
De las riquezas de nuestro tesoro me prepararon un hato pequeño. Era abundante, pero tan ligero que yo solo podía llevarlo: Oro de Bet ‘Elayye’ y plata de la gran Gazak, rubíes de la India, ágatas de la región de Kushán. Me ciñeron con diamante, capaz de tallar el hierro. Me quitaron la túnica brillante que amorosamente Ellos habían confeccionado para mí, y la toga purpúrea que había sido hecha para mi talla.
Hicieron conmigo un pacto y lo escribieron en mi corazón para que no lo olvidara: ” Si desciendes a Egipto y logras traer la Perla única, la que está en el fondo del mar, cerca de la serpiente sibilante, [entonces] vestirás de nuevo tu Túnica brillante y la Toga que cae por encima de ella, y con tu Hermano, el más próximo a nuestro rango, serás heredero de nuestro Reino.”
Abandoné Oriente y descendí acompañado de dos guías, pues el camino era peligroso y difícil, y yo era joven para recorrerlo. Atravesé por las fronteras de Mesena, lugar de parada de los mercaderes de oriente, llegué a la tierra de Babel y penetré en las murallas de Sarbug.
Llegué a Egipto y mis compañeros se separaron de mí. Fui directo a la serpiente, y acampé cerca de su morada, esperando que la pudiera el sueño y se durmiera y así poder arrebatarle mi Perla. Y cuando estaba absolutamente solo, siendo un extraño para los compañeros de mi posada, vi allí a uno de mi raza, un hombre libre, un oriental, joven, hermoso y amable, hijo de nobles, y vino y se relacionó conmigo y lo hice mi amigo íntimo, un compañero en quien confiar mi propósito.
Le exhorté a guardarse de los egipcios y de unirse a los impuros. Y me vestí con sus atuendos para que no sospecharan que había venido de lejos para coger la Perla e impedir que excitaran la serpiente contra mí. Pero de alguna manera se dieron cuenta de que yo no era un compatriota y me hicieron comer de sus alimentos.
Olvidé que era hijo de Reyes, y serví a su rey. Olvidé la Perla por la que mis Padres me habían enviado y, a causa de la pesadez de sus alimentos, caí en un profundo sueño. Pero esto que me acaecía fue sabido por mis Padres y se apenaron por mí y salió un decreto en nuestro Reino, ordenando que todos acudieran a nuestra Corte, a los reyes y príncipes de Partia y a todos los nobles de Oriente, y determinaron sobre mí que no fuera abandonado en Egipto.
Me escribieron una carta y cada noble puso su firma en ella:

“De tu Padre, el Rey de Reyes, y de tu Madre, la Soberana de Oriente, y de tu Hermano, el que nos sigue en rango, para ti nuestro hijo, que está en Egipto, ¡Saludos! [¡Paz!]
¡Despierta y levántate de tu sueño, y atiende a las palabras de nuestra carta! ¡Recuerda que eres el hijo de un Rey! ¡Contempla a quien has servido en cautiverio! ¡Recuerda la Perla por cuya causa fuiste enviado a Egipto! Recuerda tu vestido de gloria y acuérdate de tu espléndido manto, para que puedas vestirlo y engalanarte con ellos y que tu nombre sea leído en el ‘Libro de los Valientes’ [Héroes], y te conviertas, junto con tu Hermano, en nuestro sucesor, heredero de nuestro Reino.”

Y mi carta era una carta que el Rey selló con su mano derecha [para preservarla] de los malvados, de los hijos de Babel y de los demonios salvajes de Sarbug. Voló [la carta] como un águila, el rey de todas las aves; voló y se posó a mi lado, y toda ella se convirtió en palabra.

A su voz y al sonido de su murmullo me desperté y me levanté de mi sueño. La tomé y la besé, rompí su sello y la leí y las palabras de mi carta, eran lo mismo que estaba grabado en mi corazón. Recordé que era hijo de Reyes y que mi ‘naturaleza libre’ buscaba su linaje. Recordé la Perla por la que había sido enviado a Egipto, y comencé a encantar a la terrible serpiente sibilante. La encanté hasta dormirla nombrándole el Nombre de mi Padre, el Nombre de mi Hermano, y el de mi Madre, la Reina de Oriente. Y le arrebaté la Perla, y emprendí la vuelta a la Casa de mis Padres. Me quite el vestido sucio e impuro y lo abandoné en su país y me encaminé directamente hacia la Luz de nuestro país, Oriente.
Y mi carta, la que me despertó, la tenía ante mí durante el camino, y lo mismo que me había despertado con su Voz, ahora me guiaba con su Luz, pues la seda real [de la carta] mostraba su forma luminosa ante mí; su Voz y su guía también me animaban a apresurarme y su amor me atraía.
Salí atravesando Sarbug, dejé Babel a mi lado izquierdo, y llegué a la gran Mesana, el puerto de los mercaderes que está a la orilla del mar. Y mi Túnica brillante [Vestidura de luz], que yo me había quitado, y mi toga que la revestía, desde las cumbres de Hyrcania mis Padres me las enviaron hasta allí, por medio de sus tesoreros, a los que, por su fidelidad, se las habían confiado; pero yo no recordaba su dignidad y que las había abandonado en mi juventud en la Casa de mi Padre.
Pero, repentinamente, cuando la tuve frente a mí, me pareció que la Vestidura se transformaba en imagen de mi mismo reflejada en un espejo. En toda ella pude verme a mí mismo reflejado por entero, y a ella, entera, veía en mí mismo, de manera que éramos dos diferentes, y sin embargo uno en la igualdad de nuestras formas.
Y también a los tesoreros que me la habían traído, del mismo modo los vi, dos en una sola forma, un solo Signo Real grabado sobre ellos, el [Signo] de Aquel que, por medio de ellos, me había restituido mi honor y mi riqueza, mi adornada túnica brillante, engalanada con magníficos colores, con oro y con berilos, calcedonias y ágatas, sardónices de variados colores; ella había sido preparada para enaltecerla, todas sus costuras habían sido festoneadas con piedras de diamantes, y la imagen del Rey de reyes, aparecía por todo el [tejido] bordada en relieve; y, como la piedra de zafiro, así sus colores eran variados. Y nuevamente vi que toda ella [la Vestidura], se agitaba sacudida por el Conocimiento [Gnosis].
Vi que estaba a punto de hablar y percibí el sonido de sus canciones, que musitaba mientras descendía:

“Soy el más diligente de sus servidores; por eso he sido enaltecido ante mi Padre. Y también percibí como mi estatura crecía al tiempo que realizaba sus trabajos.”

Y con un movimiento regio fue desplegándose toda ella hacia mí, y de la mano de sus portadores me instó a tomarla. Y también mi amor me urgía para que corriera a su encuentro y la recibiera.
Entonces extendí [mi mano] y la recibí; con sus hermosos colores me engalané, y quedé completamente cubierto por mi Toga de brillantes colores. Me vestí con Ella y ascendí a la Puerta del Saludo y de la Adoración. Incliné mi cabeza y adoré el Esplendor de mi Padre que me la había enviado, porque yo había cumplido sus Mandamientos, y Él también su promesa.
Me recibió con alegría y yo me reuní con Él en su reino, todos sus sirvientes le alabaron a coro. Prometió también que viajaría a la Corte del Rey de Reyes, y, después de haber traído mi Perla, aparecería junto a Él.”
(El Himno de la Perla)

Este encantador relato es una bella expresión simbólica de la teoría de la psicología analítica concerniente al origen y desarrollo de la consciencia-ego. El ego comienza como el hijo de una familia real, celestial. Esto corresponde a su estado original de identidad con el Sí Mismo o psique arquetípica. Es enviado en una misión lejos de este paraíso original. Esto se refiere al proceso necesario de desarrollo consciente que separa al ego de su matriz inconsciente. Cuando llega al país extranjero olvida su misión y se queda dormido. Esta situación se corresponde a la alienación ego-Sí Mismo y al estado de pérdida de significado. La carta de sus padres despierta al durmiente y le recuerda su misión. El significado ha retornado a su vida. La conexión entre el ego y sus orígenes suprapersonales se ha restablecido. Yo equipararía este suceso con el despertar a la consciencia simbólica.

Hay un paralelismo particularmente interesante entre la historia y el sueño del sacerdote-rabino. En el sueño, después de escuchar las palabras del anciano sabio, la soñadora remarca: “A medida que hablaba me volvía a poner en contacto con algo que yo conocía hacía mucho tiempo –antes de que yo naciera”. De igual forma, en el Himno de la Perla, después de que el héroe lee la carta, él dice: “y las palabras de mi carta, eran lo mismo que estaba grabado en mi corazón”. En cada caso el individuo recuerda algo que una vez supo pero que había olvidado –esto es, su naturaleza original.

En el Himno de la Perla el despertar es provocado por la mediación de una carta. La naturaleza variable de esta carta sugiere que es un verdadero símbolo cuyo significado completo no puede ser establecido por una simple imagen específica. Es una carta pero también es un águila. Además, es una voz que se hizo un completo discurso. Llegado el momento de hacer el viaje de retorno, la carta sufrió todavía otra metamorfosis y se convirtió en una luz que le guiaba. Siempre que encontremos en los sueños una imagen que sufre esas numerosas transformaciones, podemos asegurar que estamos tratando con un símbolo particularmente potente y dinámico. En esta historia tal símbolo es la imagen de la carta-águila-voz-luz. Una carta es un medio de comunicación desde la distancia. El águila, considerada en el texto como el rey de las aves, nos recuerda el hecho de que las aves han sido siempre consideradas las mensajeras de Dios.

Una vez traté a un paciente psicótico que me decía que estaba recibiendo mensajes de Dios. Cuando le pregunté cómo le llegaban estos mensajes, dijo que los pájaros los traían. Las aves también sugieren la paloma del Espíritu Santo que es el lazo conector entre Dios y el hombre. La voz nos recuerda a la llamada de la vocación lo que literalmente significa una llamada. Este tema siempre ha expresado una experiencia de despertar que conduce al individuo fuera de sus preocupaciones personales hacia un destino más importante. La carta como luz guía está relacionada con la estrella de Bethelem que conducía a los hombres al lugar de nacimiento de Cristo, la manifestación de la deidad. Todas estas amplificaciones van a mostrar que la carta en sus distintos aspectos simboliza el eje ego-Si Mismo, la línea de comunicación entre el ego y la psique arquetípica. La consciencia de este eje tiene un despertar con un efecto transformador sobre la personalidad. Se descubre una nueva dimensión del significado que porta valor a la subjetividad.
Otro ejemplo del tema arquetípico del origen prenatal del alma se encuentra en la oda de Wordworth: “Insinuaciones de Inmortalidad”:
Nuestro nacimiento sólo es sueño y olvido:
el espíritu que surge con nosotros,
estrella de nuestra vida,
en otro sitio tuvo ya su ocaso
y desde lejos llega.
Ni en entero olvido,
ni en total desnudez,
sino arrastrando nubes de gloria, provenimos
de Dios, que es nuestro hogar.
¡El cielo nos circunda en nuestra infancia!
Sombras de cárcel comienzan a cernirse
apenas el niño va creciendo;
pero él ve la luz y ve su fuente
y con júbilo la contempla.
El joven, que debe alejarse día a día del oriente,
sigue siendo sacerdote de la naturaleza,
y la magnífica visión
en su senda lo acompaña.
Al final, el hombre advierte que la visión
se desvanece.
y se esfuma en la luz del cotidiano día.
En este punto, el héroe de Wordsworth llega a Egipto, olvida su misión, y cae en un profundo sueño. Nunca recibe una carta concreta para despertar, pero tiene premoniciones de eso.

. . . .en esta apacible época del año,
aunque nos hallemos muy tierra adentro,
nuestras almas perciben aquel mar inmortal
que aquí nos trajo un día,
y en un instante hasta allí pueden trasladarse
y ver a los niños jugando en la playa
y escuchar las olas potentes, meciéndose sin fin.
. . . .Gracias al corazón mortal que nos da vida,
gracias a su ternura, alegrías, y temores,
la flor más humilde, al abrirse, puede brindarme
pensamientos a menudo demasiado profundos
para las lágrimas.

En las dos últimas líneas hay una alusión clara a la vida simbólica.

Los sueños son expresiones del eje ego-Si Mismo. Cada sueño puede ser considerado una carta enviada a Egipto para despertarnos. Podemos no ser capaces de leer la carta, pero al menos deberíamos abrirla y hacer el esfuerzo. Sé de un hombre que no utilizaba el análisis ni la interpretación de sueños. Había estudiado sus propios sueños y llegó a la conclusión de que los sueños no significaban nada, que sólo son causados por las propias sensaciones físicas, mientras que en la cama se tienen los pies enredados en la manta y acostado sobre un brazo, ese tipo de cosas. Es interesante notar la clase de sueños que tenía ese hombre con semejante actitud consciente. Tenía frecuentes pesadillas recurrentes. Soñaba que estaba hundido en una ciénaga hasta las rodillas hundiéndose cada vez más profundamente, incapaz de moverse. Otras veces soñaba que estaba ciego y otras que estaba paralítico.

Algunas imágenes de los sueños se refieren directamente al funcionamiento del eje ego-Sí Mismo. Esto es lo positivo del sueño sobre el sacerdote-rabino. He encontrado varios sueños que utilizan la imagen de una isla que necesita un sistema de comunicación con el continente. Aquí hay un ejemplo de tal sueño:

“Un hombre soñó que estaba en un isla a varias millas del continente. Un montón de cables de teléfono llegó a la playa. Están conectados con el continente y el soñador siente que lo han rescatado de la destrucción por reconocerlo así. Es un importante avance en las comunicaciones. Sus vecinos piensan que es feo y lo quieren arrojar de vuelta al mar pero el soñador es capaz de persuadirles de lo valioso que es.”

El hecho de que los vecinos objeten sobre la fealdad de los cables de teléfono es significativo. El soñador tiene un alto sentido de la estética. En realidad, su principal juicio de valor está basado sobre consideraciones estéticas. Con objeto de aceptar la nueva vía de comunicación con el continente, esto es, con la psique arquetípica, el soñador debe derrocar la tiranía del esteticismo, el cual no reconoce otro valor que el suyo propio. Esto es una ilustración del hecho de que el eje ego-Sí Mismo y la vida simbólica se encuentran a través de la función inferior, la parte más débil de la personalidad. Sólo por tomar consciencia y aceptar nuestra debilidad llegamos a ser conscientes de algo que nos sostiene más allá del ego.

Aquí hay otro sueño que es un bello ejemplo del eje ego-Sí Mismo y del impacto numinoso que puede tener. El paciente tuvo este sueño sobre un año antes de comenzar el análisis durante un tiempo de considerable angustia. Aunque su psicoterapia fue ardua y larga, este sueño presagiaba un eventual éxito:

“Estaba sobre el tejado de una habitación completamente rodeado de agua cuando oigo una música maravillosa que viene a través del agua. La música está siendo tocada por cuatro “hombres sabios” de pié sobre unas pequeñas balsas y cada uno viene desde las cuatro direcciones. Están magníficamente vestidos y a medida que surcan el agua en un amanecer gris-azulado comprendo que la música que cada uno toca porta las características de la “dirección” de la que viene cada uno. Estas cuatro cualidades musicales se mezclan y se funden en un solo sonido que me enternece poderosamente al escribir sobre ella tres años después de que ocurriera en el sueño. Los cuatro “hombres sabios” suben unas escaleras que hay en cada esquina de la habitación. Yo estoy rendido con un sentimiento de gran reverencia y excitación, y a medida que alcanzan el tejado más se ilumina. Su cercanía es abrumadora. Comprendo que han venido a prepararme para hacer algún trabajo. Entonces debo bajar las escaleras y completar alguna tarea que requiere diligencia y concentración prolongada. Cuando vuelvo veo que los cuatro “hombres sabios” se van de vuelta surcando las aguas en sus pequeñas balsas. Aunque hay un sentimiento de decepción, la música parecía más gloriosa que antes, incluso triunfante. Había un sentimiento claro de haber logrado o pasado la prueba. Entonces vi que en el lugar donde había estado cada uno de los “hombres sabios”, había ahora un ídolo de piedra que aunque abstracto, no representaba sólo al hombre sabio intrínsecamente, sino a todo lo que estaba implicado por la cultura y tradición de la dirección de la que habían venido. Había un sentimiento de estar agradecido por el que yo sería capaz de demostrar que ellos habían estado allí.
Luego dirigí mi atención a los cuatro “hombres sabios” que volvían cada uno a su propia dirección en los pequeños botes y la música se hizo incluso más admirable. Una vez más oí con especial claridad la personalidad especial de cada una de las cuatro direcciones mezclándose misteriosamente en un sonido “supermusical” y el día se hizo más brillante, hasta que un azul eléctrico me rodeó y un sentido de intenso bienestar que nunca antes había conocido me llenó a medida que el sueño acababa.”

No quiero discutir este sueño en su aspecto personal sino sólo hasta donde ilustra la función del eje ego-Sí Mismo. El drama del sueño toma lugar en el tejado de una habitación que es una especie de plataforma elevada sobre el agua con escaleras en cada una de sus cuatro esquinas. Esto recuerda uno de los conceptos del dios Atum del antiguo Egipto. Era representado como la montaña del mundo que emerge del océano primigenio. De acuerdo a Rundle Clark, este símbolo de la montaña del mundo primordial “fue pronto formalizado en una elevación con lados ataludados o inclinados, o una plataforma rodeada de gradas en cada lado. . . y que probablemente sea eso lo que las pirámides mayas representen” Otra analogía es el zigurat babilónico, igualmente una montaña sagrada con gradas en sus cuatro lados que conducen a una plataforma en lo alto donde se encuentra el santuario de Marduk. La cima de la montaña sagrada era considerada el centro del mundo, el lugar donde se manifestaban las fuerzas divinas creativas, y el lugar de encuentro entre dios y el hombre. Las mismas ideas estaban asociadas a las pirámides mayas.

La imagen del hombre sabio nos recuerda la historia del nacimiento de Jesús y los tres sabios. Este tema de portar regalos al niño recién nacido es parte del mito del nacimiento del héroe, al que podemos añadir también el nacimiento del ego (más precisamente el héroe representa el impulso a la individuación con el que el ego coopera). Pero, ¿Cuál es el significado de cuatro sabios en vez de tres? Hay una leyenda que nos dice que cuando Jesús nació fueron cuatro sabios y no tres los que se supone que llegaron hasta él desde las cuatro esquinas del mundo, pero el cuarto se retrasó y no llegó a tiempo. El hecho de haber cuatro sabios que llegan desde las cuatro direcciones alude al simbolismo del mandala e indica que los cuatro sabios son una función del Sí Mismo, o totalidad psíquica. Son los mensajeros y portadores de regalos de las tierras allende los mares que vienen a establecer comunicación con el ego. Nos recuerda el sueño del sacerdote-rabino anterior, donde el hombre viejo sabio servía para conectar al soñador con sus orígenes suprapersonales.

Me gustaría llamar vuestra atención al simbolismo de la luz en este sueño. El sueño comienza en un amanecer. La luz va aumentando a medida que los hombres sabios alcanzan el tejado, y llega a ser aún más brillante en el clímax del sueño. La luz representa la consciencia. Todos los pueblos tienen mitos sobre la creación que describen la creación de la luz. Tales mitos se refieren a la creación del ego que es la luz de la consciencia nacida de la oscuridad del inconsciente. De la misma forma, el amanecer es el nacimiento diario de la luz del sol y es una imagen que representa el emerger de la consciencia. Así que podemos entender este sueño como refiriéndose a un crecimiento o incremento de consciencia por parte del soñador. Esta interpretación se correspondería con el significado de los hombres sabios cuyos atributos son la sabiduría. La sabiduría es la luz en el sentido psicológico. Los sabios son portadores de la luz de la consciencia.

Otro rasgo del sueño es que cada sabio deja tras de sí un ídolo o imagen de sí mismo que epitomiza la dirección desde la que viene dejando una prueba tangible de la realidad de su visita. Esto es muy interesante. Lo entiendo como una representación del proceso simbólico mismo. Las fuerzas arquetípicas, representadas por los hombres sabios, traen imágenes de ellos mismos como regalos para el ego, símbolos que recuerdan lo individual de sus conexiones suprapersonales. Estas imágenes se corresponderían en su función a la carta, el águila, y la luz que guía en el “Himno a la Perla”. Son lazos conectores entre el ego y la psique arquetípica que transmiten significado simbólico.

La palabra símbolo deriva de la palabra griega “symbolon” que combina dos palabras raíces, “sym” que significa “junto” o “con”; y “bolon” que significa “lo que ha sido tirado”. El significado básico es: “lo que ha sido tirado junto”. En el uso del griego original, los símbolos se referían a las dos mitades de un objeto, tales como un palo o una moneda, que se rompían y cuyas mitades servían como prenda para probar posteriormente la identidad del que se presentaba con una de las partes al que mantenía la otra mitad, las cuales al unirse formaban el modelo del objeto original. A nuestro entender esto se corresponde con la función psicológica de un símbolo. El símbolo nos lleva a la parte perdida de la totalidad del hombre. Nos relaciona a nuestra totalidad original. Cura nuestra escisión o alienación de la vida. Y puesto que el hombre total es una parte mayor que el ego, nos relaciona con las fuerzas suprapersonales que son la fuente de nuestro ser y nuestro significado. Esta es la razón para honrar la subjetividad y cultivar la vida simbólica.

SEGUNDA  PARTE: “La individuación como una forma de vida”. Capítulo 4 del libro: EGO AND ARCHETYPE.

Autor:   Edward F. Edinger.

Traductor: J. Castro.

Fermina Pulido
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Psicóloga en PsicoAljarafe
1 Comentarios
Roberto Huezo dice:

ME HACE VER UN HORIZONTE MAS AMPLIO. AL NATURALIZAR AL HOMBRE Y HUMANIZAR A LA NATURALEZA.

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