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LA ETICA Y EL DESARROLLO DE LA CONSCIENCIA

(Por: J. Castro)

Las primeras etapas del proceso de desarrollo de la consciencia en el hombre pasa por la acomodación a los distintos entornos tanto familiares como sociales donde habita. Se trata, pues, de un alineamiento a los distintos valores morales de lo colectivo.

La ética es una colección de códigos y valores de comportamiento colectivo, y por lo tanto, tiene un fondo moral incuestionable. No obstante, los códigos éticos no expresan valores absolutos en sí mismos pues lo ética o moralmente deseable o aceptable para un colectivo puede no serlo para otro y viceversa.

La ética, por lo tanto, deriva de los valores de la colectividad y de sus instituciones, los cuales se postulan como factores principales para el incipiente desarrollo de la consciencia.

Para la consciencia del niño, la colectividad está conformada por el entorno familiar y por los miembros más cercanos a ésta. El primer desarrollo de la consciencia del infante está relacionado y matizado por los modelos y hábitos de convivencia y comportamiento de su entorno familiar, del que recibe y asume los valores éticos que exhiben. Durante el periodo de la infancia, el juego tiene un rol importante pues favorece el desarrollo de la imaginación y esto es importante para el desarrollo de la consciencia. En ese periodo de tiempo hay poca relación con el mundo exterior, pero en la medida que el niño va relacionándose con ese mundo manifiestamente más amplio que el mero entorno familiar, es inducido a asumir los nuevos valores de esa colectividad cada vez más amplia. Los amigos, las relaciones con el otro sexo, las relaciones laborales, las normas institucionales y las leyes sociales de obligado cumplimiento, etc. etc. van ejerciendo su función para modelar o socializar al sujeto al que le inculcan los valores de la colectividad. En este proceso el ego (el yo), como regente del territorio de la consciencia, se constituye en portador y representante de esos valores.

Pero en el individuo coexisten otras energías que a buen seguro son perturbadoras de ese equilibrio que la comunidad establece.

El alineamiento con la escala de valores de lo colectivo obliga a excluir determinados componentes psíquicos. Dicho de otro modo, el resultado de ajustarse al ideal ético de la comunidad provoca que el individuo suprima esas otras energías y tendencias que se manifiestan en su psiquismo. Dichos componentes psíquicos serán en parte reprimidos y relegados al inconsciente y en parte mantenidos alejados conscientemente de la vida de la “Persona” a través del control del ego, con lo cual todas las cualidades y tendencias que no encajan con los valores de la colectividad, todo lo que pueda ser reprobable por lo colectivo se consideran tabúes y caen dentro de la Sombra, generándose una parcialidad y una amputación en el desarrollo integral del individuo.

El resultado natural de dicho proceso es la formación de dos sistemas psíquicos en la personalidad, de los cuales uno permanece por lo general completamente inconsciente, mientras que el otro, debido a la participación consciente del yo va formando a la persona, la máscara con la que el individuo se presenta a la comunidad para ser aceptado por ésta.

La parte que es relegada al inconsciente forma lo que en la psicología de Jung se denomina la Sombra, que es esa parte del inconsciente personal donde van a parar esos aspectos del psiquismo individual no aceptados por la ética colectiva.

La otra parte, la parte de la personalidad aparente, es la Persona, la cual contribuye a la formación de la vida social de la comunidad y su ordenación moral. El desarrollo de la Persona, la “máscara”, es necesario aunque parece estar en oposición al verdadero ser individual. Ese parcial desarrollo de la individualidad está basado en la aceptación del ego de aquello que viene con la etiqueta de lo que “debes” hacer, lo cual excluye de forma radical lo que entra en la categoría de lo que “puedes” hacer. Todo lo que está patrocinado por el “debes…” genera un desarrollo de la consciencia dentro de los límites de lo colectivo. Encajado en ese modelo, la consciencia tiene un desarrollo limitado aunque útil para la vida en colectividad, de tal forma que el concepto de individualidad se mantiene alejado de ese entorno consciente. En ese entorno la vida se rige por modelos de consciencia grupal, más que individual

Lo que llamamos socialización es la dedicación por parte de la comunidad a la formación de la Persona, que hace del individuo un miembro “aceptable y presentable” para su participación en dicha colectividad. El ego recibe compensatoriamente el premio del reconocimiento ético de la colectividad, con lo cual refuerza su identificación con la Persona.

Ese proceso vigoriza al mismo tiempo la importancia de la “consciencia moral”, que es una suerte de consciencia artificialmente levantada desde los requerimientos morales de la colectividad y que muchas veces se postula como una barrera infranqueable hacia una verdadera expansión de la consciencia, la cual queda constreñida por los límites que la moral colectiva ha impuesto sobre ella y que se circunscribe a lo que el individuo “debe” hacer y se espera de él.

La individualidad comienza a desarrollarse cuando el individuo deja a un lado lo que se “debe” hacer y aborda lo que se “puede” hacer. Entrar en la dinámica de lo que se “puede” hacer confronta a la consciencia individual con el mundo sin el soporte o escudo de la ética colectiva. El individuo abre puertas nuevas no preestablecidas y se enfrenta solo a lo desconocido. De ese enfrentamiento se destila conocimiento, un conocimiento que no podría ser experimentado desde la mera asunción de las normas. Lo que se “debe” y lo que se “puede” son los polos opuestos de un campo energético de cuya tensión se genera la luz indispensable para la ampliación de la consciencia, si bien, dicha ampliación de consciencia no viene preestablecida por seguir los modelos de la colectividad.

La “Voz” interna” se postula como el genuino ariete que derriba los muros de la “consciencia moral”. En el libro bíblico del Génesis, la “Voz” interna está simbólicamente representada por la serpiente que tienta a Eva a comer el fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. La serpiente es un símbolo universalmente relacionado con la Sabiduría y en este caso, con Lucifer, cuyo nombre significa “el Portador de la Luz”.

Antes de comer de ese fruto, ni Adán ni Eva tenían ese tipo de conocimiento, no tenían diferenciación entre una cosa y otra, ni siquiera entre ellos mismos y el mundo. De hecho, el relato bíblico nos cuenta que Adán conoció a su mujer después de haber comido del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, cuya acción provocó que Yahveh dijera: “He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros…” (Gen. 3:22). Adán y Eva obtuvieron la consciencia y conocimiento tras acometer una acción enmarcada en lo que “podían” hacer, obviando lo que “debían” hacer.

La “Voz” interna es individual mientras que la “consciencia moral” es colectiva. Hay una oposición clara entre “consciencia moral” y “Voz” interna, cuyo resultado lo podemos ver en el mundo externo en la aparición de fundadores de nuevos desarrollos éticos o religiosos, rompedores de los códigos antiguos que lideran la aparición de nuevos modelos, y que siempre fueron tratados de infractores e incluso de delincuentes.

Cuando en cualquier colectividad aparece la figura de un revolucionario, tal individuo siempre está alineado con la Voz Interna en vez de con los valores mantenidos por la colectividad, erigiéndose como precursor de una ética nueva y de un nuevo paradigma moral

La “Voz” interna se manifiesta en hombres cuya individualidad es tan vigorosa que les permiten separarse de las normas y valores de la colectividad. Dichos individuos que se presuponen en posesión de una ética creativa manifiestan una personalidad ‘herética’ en la misma medida en la que sitúan las manifestaciones de la “Voz” interna en clara oposición de la consciencia moral representativa la ética colectiva.

En esa consciencia moral y ética colectiva están incluidos como factores predominantes los valores y dogmas religiosos, que de alguna forma condicionan las creencias que los individuos de dicha colectividad mantienen como valores y verdades incuestionables, aún cuando esas ‘verdades’ expresen relatos inverosímiles o mitológicos en el mejor de los casos. Cada individuo abraza dichos relatos como dogmas de fe cuyo mantenimiento está apoyado y fortalecido por toda la comunidad, lo cual confiere fuerza, confianza y amparo a dichos individuos.

No obstante, la “Voz” puede manifestarse en el hombre no como portadora de una nueva ética y nuevos valores morales, sino como reveladora de principios que atañen al individuo, no a la comunidad. Hay revelaciones cuyos significados son manifiestamente subjetivos para el que la recibe y por lo tanto no transferibles a la comunidad. La calificación de subjetivo al significado de la revelación no desvaloriza, ni menoscaba la validez de la revelación ni su importancia. El valor y el significado de la vida de cada uno son totalmente subjetivos y no por ello carente de validez y Verdad. El significado de nuestra vida nunca podrá ser estipulado ni explicitado por nadie ajeno a nosotros mismos, ni estar sometido a consensos, y si así lo fuera se trataría de una explicitación completamente ‘subjetiva’ por parte de quien la expresa.

La “Voz” interna se corresponde con la manifestación del Sí Mismo y dicha manifestación no tiene en cuenta, ni está determinada por la ética moral y los valores de la colectividad, sino que discurre a favor del desarrollo integral del hombre. Ese desarrollo se expresa mucho más allá de los valores de la colectividad, los cuales se han generado artificialmente desde la consciencia moral, restrictiva por naturaleza, pues como se ha dicho más arriba, hay ciertas energías psíquicas que por no encajar dentro de los parámetros de la moral establecida han caído en el inconsciente, en la Sombra, esperando ser rescatadas de esa morada oscura y llevadas al reino de la luz de la consciencia.

En realidad, la asimilación de los contenidos de la Sombra es el primer paso hacia el desarrollo psíquico integral, proceso al que Jung denominó “Proceso de Individuación”, y tanto los que están embarcados en dicho proceso de forma activa y conscientes, como al hombre en general, tarde o temprano esos aspectos del psiquismo individual relegados a la Sombra irrumpirán en la consciencia, reclamando su aceptación y creando cuando menos turbación, debilitando el efímero control que el ego ejerce sobre la consciencia hasta tal punto de poder incluso llegar a desaparecer por completo, pudiendo desencadenar episodios neuróticos y psicóticos en los casos de mayor virulencia. Prestar atención a la emergencia de los aspectos de la Sombra es una forma de abrir la puerta de la consciencia a dichos contenidos, y eso constituye el primer paso hacia la reintegración y la Individuación.

Fermina Pulido
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Psicóloga en PsicoAljarafe
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