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LA ELECCION DE un CUENTO

El cuento que he elegido para su interpretación es “La ondina en el estanque”, de Jacob y Wilhelm Grimm, comúnmente conocidos como hermanos Grimm. Ediciones Gaviota y traducido por Roxana Prieto.

¿Por qué este cuento?, pues porque me parece que  tiene infinitos ingredientes y complejidades como para dejarse absorber por él y conocer algo más sobre estas relaciones complejas expresadas por la pareja del cuento.
A medida que fui leyéndolo, descubrí todo un mundo de simbología en hechos y acontecimientos que se dan con mucha frecuencia en el mundo de las parejas, por lo que me pareció útil desentrañar e intemporal.

Quizás esto solo sea el comienzo, ya que es un cuento tan complejo y tan rico en simbolismos, tanto si es explorado e interpretado para parejas, como si se le presta la atención para uno mismo, que merecerá la pena ir desmadejando, de forma tranquila y saborear su brillo, despacio y con provecho.

Ya dijo Jung: “el que mira hacia fuera sueña, pero el que mira hacia dentro despierta”

Ahora metámonos en la mágica historia del cuento…Erase una vez….

LA ONDINA DEL ESTANQUE

Había una vez un molinero que vivía feliz con su mujer.

Tenía dinero y bienes, y su riqueza aumentaba de año en año. Pero la desgracia viene por la noche, dice el proverbio, y de la misma manera que había crecido su fortuna, de año en año en año empezó a disminuir, hasta que llegó el día en el que el molinero apenas podía llamar suyo el molino en el que habitaba.

Estaba el pobre hombre tan afligido, que por las noches cuando se acostaba, después de pasar todo el día trabajando, empezaba a dar vueltas en la cama y no podía dormir.

Una mañana se levantó antes del alba y salió a dar un paseo, esperando encontrar algún alivio fuera de la casa. Al pasar por la presa del molino los primeros rayos del sol empezaban a brillar por el horizonte y en ese momento algo se movió en el estanque.

El molinero se volvió y vio a una hermosa mujer que poco a poco emergía del agua. Tenía unas delicadas manos con las que se alisaba el largo pelo, que le caía sobre los hombros y le cubría como un manto su blanquísimo cuerpo. Al darse cuenta el hombre de que era la ondina del estanque, le invadió un miedo tan grande que no sabía si quedarse allí o salir corriendo.

Mas la ondina le habló con gran dulzura, le llamó por su nombre y le preguntó por qué estaba tan apenado. Al principio el molinero enmudeció, pero la ondina era tan amble, que finalmente cobró valor y le contó cómo había ido perdiendo toda su riqueza hasta ir a parar a la miseria.

-No te preocupes –le dijo al ondina-. Te haré más rico de lo que hayas sido jamás, con la única condición de que me prometas, ahora mismo, que me darás lo que acaba de nacer en tu casa.
-(¿Qué puede ser más que un perro o un gato?), pensó el molinero, y le prometió lo que pedía. Entonces la ondina se sumergió en el agua y el molinero regresó al molino.

Estaba a punto de entrar a su casa, cuando la criada salió y le dijo:
-¡Felicidades! Vuestra esposa acaba de dar a luz un hermoso niño.

El molinero se quedó paralizado y comprendió de inmediato que la astuta ondina lo sabía de antemano y lo había engañado. Muerto de pena se acercó al lecho de su mujer.

-¿No es un niño precioso? ¿Por qué no eres feliz? –le preguntó ésta.

Entonces el molinero le relató su encuentro con la ondina y la promesa que le había hecho.

-La riqueza no significa nada para mí, -musitó- si no puedo conservar conmigo a mi hijo. Pero ¿qué voy a hacer ahora?.

Ni sus parientes cuando acudieron a felicitarle, hallaron remedio alguno.

Así pues, la felicidad volvió a la casa del molinero. Todo lo que emprendía, lograba el éxito; sus baúles y cofres parecían llenarse solos y el dinero aumentaba cada noche en su caja fuerte. Pero el pobre hombre no podía disfrutar de tanta riqueza, ya que la promesa que había hecho a la ondina le atormentaba continuamente. Cada vez que pasaba pro el estanque temía que apareciera para recordarle su deuda, y jamás permitiría que el pequeño se acercara al agua.

-¡Ten cuidado!- le advertía- Si tocas el agua o te acercas al estanque, saldrá de él una mano que te cogerá y te arrastrará hasta el fondo.

Pero como los años pasaban y la ondina no aparecía, el molinero empezó a tranquilizarse.

El niño se convirtió en un muchacho y se hizo aprendiz de cazador. Con el tiempo llegó a ser un cazador experto, y el señor de la aldea lo tomó a su servicio. Conoció a una joven hermosa y honrada que le agradaba mucho, y al darse cuenta, su amo le regaló una pequeña casita y los jóvenes se casaron.

Se amaban con toda el alma y juntos vivían en paz y felicidad.

Un día iba el cazador persiguiendo aún ciervo. Cuando éste abandonó la espesura del bosque y salió a la llanura, le mató de un solo tiro. Pero se dio cuenta de que el estanque que se encontraba cerca era el que su padre le había advertido siempre, y en cuanto terminó de destripar al ciervo se acercó a la orilla para lavarse las manos manchadas de sangre. Mas apenas había rozado el agua, cuando la ondina apareció riéndose, lo encerró en sus húmedos brazos y lo arrastró hasta el fondo con tal rapidez que se levantaron olas en la superficie.

Cuando anocheció y el cazador no había regresado a casa, su mujer, preocupada, salió a buscarlo. Sospechaba lo ocurrido, ya que el cazador le había hablado con frecuencia de la ondina y de la advertencia de su padre de que se mantuviera siempre alejado del estanque. Al llegar y ver su morral junto a la orilla, no le quedó ninguna duda de lo que había sucedido, y llorando y retorciéndose las manos empezó a gritar el nombre de su marido; pero en vano.

Rodeó el estanque, volvió a llamarlo y dirigió violentas injurias a la ondina, pero tampoco obtuvo respuesta. La superficie del agua permanecía inmóvil, y solo la imagen de la media luna se veía en ella.
Sin embargo, la pobre infeliz no abandonó el estanque, sino que empezó a dar vueltas alrededor de él, unas veces en silencio, otras gritando, otras llorando en voz baja. Por fin, vencida por el cansancio, se acurrucó en el suelo y se quedó dormida.
Y tuvo un sueño. Soñaba que iba subiendo por la escarpada cuesta de una montaña con mucho miedo. Las zarzas y las enredaderas e arañaban los pies, la lluvia le golpeaba con fuerza la cara y el viento le agitaba sus largos cabellos. Pero cuando llegó a al cima todo cambió. El cielo era azul, el aire suave, y en el centro de un verde prado salpicado de flores de colores divisó una cabaña pequeña y muy bonita. Una cuesta ondeaba delicadamente hacia abajo, y la joven se dirigió hacia la cabaña y abrió la puerta. Se encontró con una anciana de pelo blanco que le sonreía con amabilidad.
En ese instante se despertó. Ya era de día y decidió hacer lo que había soñado. Escaló la montaña con dificultad y todo salió como en el sueño. La anciana le dio la bienvenida y le señaló una silla donde podía sentarse.

-Solo una desgracia –le dijo- puede haberte traído a mi cabaña.

Entonces, entre lágrimas la mujer del cazador le contó lo que había sucedido.

-Seca tus lágrimas -dijo la anciana-. Te ayudaré. Aquí tienes un peine de oro. Espera a que haya luna llena y ve al estanque. Siéntate en la orilla y péinate con este peine. Cuando hayas terminado déjalo sobre la orilla y verás lo que sucede.

La joven regresó a su casa y esperó, aunque los días que faltaban para la luna llena pasaban con lentitud. Por fin apareció en el cielo el disco brillante. Entonces fue al estanque, se sentó y peinó sus cabellos con el peine de oro. Al terminar lo soltó sobre la orilla y esperó a ver lo que pasaba. De pronto empezaron a salir burbujas del fondo y luego una ola que llegó a la orilla arrastró al peine. Pasó un rato hasta que este llegó al fondo, entonces la superficie del agua se dividió en dos y emergió la cabeza del cazador. No habló pero miró con tristeza a su mujer.

Al momento apareció una segunda ola y cubrió la cabeza del hombre, haciéndole desaparecer. El estanque se volvió a quedar tan tranquilo como al principio, y solo se veía en el agua el reflejo de la luna llena.

Con el corazón destrozado, la joven volvió a su casa. Mas volvió a soñar con al cabaña de la anciana.

A la mañana siguiente acudió a verla nuevamente y dejó fluir su pesar. La anciana le dio una flauta de oro y le dijo:

Espera que la luna llena salga otra vez. Luego coge esta flauta, siéntate en la orilla del estanque y toca con ella una hermosa melodía. Cuando hayas concluido, deja la flauta sobre la arena y ya verás lo que sucede.

La joven hizo lo que la anciana le había dicho.

Tan pronto como dejó la flauta en la arena, empezaron a salir burbujas del fondo y se levantó una ola gigante que salió hasta la orilla y arrastró consigo la flauta.

Un momento después la superficie del agua se abrió, pero esta vez emergió medio cuerpo del cazador. Lleno de ansiedad, extendió los brazos hacia su esposa, pero una segunda ola se levantó y volvió a cubrirlo por completo.

-¡Ay! –Suspiró la desdichada-. ¿De qué me sirve ver a mi querido esposo un instante para volver a perderlo luego?

Otra vez su corazón se llenó de pesar, pero el tercer sueño le mostró de nuevo la imagen de la cabaña de la anciana. Fue entonces verla, y la sabia mujer la consoló, le dio una rueca de oro y le dijo:

-Todavía no hemos terminado. Espera a que salga la luna llena otra vez, coge entonces esta rueca y siéntate en el orilla e hila un huso completo; y cuando hayas terminado, deja la rueca cerca del agua y ya verás lo que sucede.

Todo lo hizo la joven como le habían dicho. Apenas salió la luna llena, cogió la rueca se sentó e hiló sin parar hasta que el lino desapareció y el huso estuvo lleno de hilo. Tan pronto como dejó la rueca en la orilla, el agua empezó a burbujear con más violencia que las veces anteriores, y una ola gigante se la llevó hacia el fondo.

Un momento después apareció el cuerpo del cazador envuelto en un gran chorro de agua. El joven saltó rápidamente a la orilla, cogió a su mujer de la mano y huyó con ella.

Pero apenas se habían alejado el lago entero se levantó entre terribles rugidos e inundó los campos con una fuerza irresistible. Los fugitivos pensaron que no habría salvación para ellos, mas, aterrada, la mujer acudió a la anciana pidiéndole ayuda; al instante se transformaron él en un sapo y ella en una rana. Cuando la inundación los alcanzó no pudo matarlos, pero los arrastró lejos y los separó al uno del otro.

Por fin las aguas se calmaron y volvieron a pisar tierra firme. De inmediato recobraron su forma humana. Pero ninguno de los dos sabía donde podía estar el otro; se encontraba entre gentes extrañas que nada sabían de su tierra. Altas montañas y profundos valles los separaban. Tuvieron que cuidar ovejas para ganar su sustento, y durante largos años condujeron sus rebaños a través de campos y bosques, con el corazón lleno de tristeza y de pesar.

Un día de primavera, cada uno conducía su rebaño, cuando quiso la casualidad que se encaminaran hacia el mismo sitio. Al divisar una majada en la pendiente de una montaña, el marido se dirigió hacia ella.

Se encontraron en el valle, pero no se reconocieron. Aunque se alegraron, puesto que por lo menos no estaban solos. Todos los días desde ese momento, llevaban a pacer juntos a sus animales, no hablaban mucho pero se sentían reconfortados.

Una noche de luna llena, mientras las ovejas reposaban sobre la hierba, el pastor sacó una flauta de su bolsillo y tocó una hermosa melodía, pero también muy triste. Cuando la terminó vio que la pastora lloraba amargamente.

-¿Por qué lloras? –preguntó.

-¡Ay! –dijo ella-. La luna llena brillaba como ahora cuando yo toqué esa melodía por última vez con una flauta y la cabeza de mi esposo emergió del lago.

Entonces él al miró y le pareció como si un velo cayera de sus ojos. Reconoció a su querida esposa, y cuando ella le miró a la cara bajo la luz de la luna, también le reconoció.

Se abrazaron y besaron, y no hace falta decir que vivieron muy felices.

Fermina Pulido
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Psicóloga en PsicoAljarafe
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